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XVI.5. La coexistencia pacífica, como mejor aporte al internacionalismo

La idea de que la coexistencia pacífica está en contradicción con la revolución socialista es común hoy en el movimiento comunista europeo y en España en particular. Proviene, de no entender a la luz del materialismo dialéctico las enseñanzas que nos depara la historia, ni, por tanto, el diferente carácter de las contradicciones que la clase obrera ha de afrontar en un país capitalista y en las relaciones entre un país socialista y los países capitalistas. En definitiva, la necesidad de un partido comunista de emplear todas las formas de lucha, incluida la lucha armada, para derrocar el capitalismo y el imperialismo de su país, no está en contradicción con la necesidad de un país socialista de establecer relaciones pacíficas con los países capitalistas para garantizar el desarrollo de su pueblo.

Es más, las experiencias históricas demuestran que la coexistencia pacífica en la medida que promueve la no interferencia en los asuntos internos de otros países, permite a cada pueblo educarse por sí mismo en base a sus propias luchas, en sus éxitos y fracasos, única manera de forjarse, conocerse a sí mismo, a sus aliados y a sus enemigos. Aparentemente, puede parecer más fácil ponerse en manos de un "centro" decisorio que oriente la lucha de clases en todo el mundo, pero el fracaso de las intervenciones militares de la URSS, la restauración capitalista en la URSS y el Este europeo, las desviaciones izquierdistas en China, el estancamiento en Cuba una vez disuelto su tutor, la URSS, demuestran que ello no sirve a la liberación de los pueblos. El "centro único" decisorio no está en el exterior, sino en el interior de cada país.

En la actual etapa histórica en la que el marco estatal es el que define la lucha de clases de cada pueblo, es inaplicable otro criterio. Cuando Lenin decía que "Marx considera el movimiento social como un proceso histórico natural, sujeto a leyes que no sólo no dependen de la voluntad, la conciencia y los propósitos de los hombres, sino que, por el contrario, determinan su voluntad, su conciencia y sus propósitos", ver pág. 84, nota [109], ello obliga también a afirmar la necesidad absoluta de partir siempre de la realidad social para transformarla y negar la más mínima posibilidad de transformación intentando crear organismos que son artificiales porque no corresponden a lo que "tenemos delante de nuestros ojos" , como también solía decir Marx.

Para que ese "proceso histórico natural" cambie, y pueda llevarse a cabo la "lucha internacional del proletariado", tendrá que operarse antes un cambio radical en el mundo occidental del capitalismo desarrollado, primero en el factor subjetivo, es decir en los partidos comunistas occidentales en cada país y en relación con la lucha de clases de su propio país, y, sólo después, en el factor objetivo, en las masas populares de cada país.

Ese cambio radical, en mi opinión, entronca con la rectificación de ideas que la práctica de decenios ha demostrado erróneas, recuperar la honestidad combativa de los comunistas, prostituida por la aristocracia obrera, abandonar la hipocresía de las palabras revolucionarias altisonantes y la práctica de huir del riesgo y del esfuerzo duro con las masas y su transformación. Y solo en la medida que las palabras concuerden con los hechos, plantearse la discusión y revisión de conceptos y criterios que la "historia natural" de la lucha de clases, ha demostrado ser ajenos al socialismo científico aplicable a cada país y, menos aún, al movimiento comunista internacional.

Durante la primera revolución soviética es lógico que se cometieran muchos errores. Ello es lógico por dos motivos: Primero porque no es lo mismo destruir un sistema político viejo y decrépito que construir uno nuevo. Y segundo, porque de ese nuevo sistema socialista a construir no había ninguna experiencia histórica. Como bien decía Deng Xiaoping, a la caída de la URSS y el este europeo, también la dominación burguesa inicialmente sufrió numerosas restauraciones feudales en muchos países.

Quienes ensalzan la revolución soviética como un ejemplo a imitar en todos sus aspectos, sin ningún juicio crítico, no entienden esa realidad histórica. Más aún, quienes consideran a Marx, Lenin, Stalin o Mao como dirigentes perfectos y que todas sus acciones y palabras fueron acertadas, pretenden convertir el socialismo científico en una religión y a nuestros antepasados revolucionarios en dioses y profetas.

Pero también hay un factor específico que en Europa hace que ese dogmatismo sea asumido por amplios sectores comunistas. Es la tendencia a la comodidad burguesa de las sociedades del primer mundo. Para muchos comunistas "organizar la revolución" en España ha de respetar su vida personal y su ocio "pues estamos en una sociedad capitalista". De esa manera invierten el razonamiento lógico en un marxista.

Debiéramos decir, puesto que estamos en una sociedad capitalista es absolutamente necesario nuestro sacrificio personal para organizar la revolución y ello entraña inevitablemente una reducción de nuestro ámbito privado y sobre todo, exige ponerlo al servicio de nuestra tarea principal como revolucionarios profesionales y no al revés. Bajo el punto de vista de la comodidad burguesa, el dogmatismo de los comunistas europeos se convierte en reformismo en su país y en radicalismo verbal de puertas afuera. Ello es lo que hace que exijan a los países socialistas que suplan su propia inoperancia en el combate que debe ser su exclusiva tarea.

Lenin tuvo que echar atrás las medidas iniciales propias del comunismo debido al levantamiento popular que ello originó tanto en el campo como en la ciudad.

Producto de aquella evidencia, nació la NEP que fue suprimida por Stalin en 1928. Dicha medida estuvo bastante condicionada por la lucha interna contra la corriente trotskista. Pero ¿pudo ser la supresión de la NEP uno de los motivos por los cuales la URSS hizo de la planificación central y de la propiedad estatal una concepción absoluta que después propició el progresivo estancamiento de la economía soviética hasta su derrumbe? ¿Pudo ello también propiciar el creer que la misión esencial de los países socialistas era enfrentar a los países imperialistas para provocar su destrucción?

En noviembre de 1957, en una acción contradictoria con sus posiciones a fines de 1.956 contra el informe sobre Stalin de Kruschev en el XX Congreso del PCUS, Mao Zedong asistió en Moscú al cuarenta aniversario de la revolución soviética a la que asistieron dirigentes de los países socialistas y partidos comunistas de todo el mundo. En dicha reunión, Mao pidió a todos los comunistas que reconocieran el papel dirigente de la URSS en el Movimiento Comunista Internacional [345] y ello a pesar de las contradicciones, algunas importantes, que ya existieran, entre URSS y China.

Además en aquellos encuentros Mao manifestó que los comunistas no deberían asustarse por la perspectiva de una guerra nuclear desencadenada por los imperialistas, sino comprender que tal guerra, pese a suponer un elevado coste llevaría a la tumba el sistema imperialista [346]

Pero el problema no era sólo ser capaces de enfrentar valientemente por los comunistas las consecuencias de una guerra nuclear impuesta por el imperialismo, sino las consecuencias de la orientación general de un país subdesarrollado como China dispuesto a enfrentar al imperialismo allí donde este actuara, en vez de centrar los esfuerzos principales en alcanzar el desarrollo y el bienestar de la población por el que éste había luchado durante decenios. En ese sentido la coexistencia pacífica no suponía una concesión al enemigo, sino la consecuencia de la realidad social, nacional e internacional y de una necesidad imperiosa de desarrollo para acortar las enormes diferencias existentes entre el imperialismo estadounidense y un país como China e incluso la URSS.


[345] Mao Zedong, "Discurso para la Conferencia de Moscú de partidos comunistas y de los trabajadores", 14, 16 y 18 de noviembre de 1957, JMZW, Manuscritos de Mao Zedong desde la fundación de la República Popular China 6, págs. 625-644, citado por Chen Jian en 'La China de Mao y la guerra fría'.

[346] Idem, págs. 635-636, ídem.

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